Características indispensables en un ministro de alabanza. Parte1

Características indispensables en un ministro de alabanza. Parte1

Humildad y sencillez, características indispensables en un ministro de alabanza

Sea cual sea aquello que tú o yo hagamos para Dios, creo que será importante y valorado por el Señor si es que realmente lo hacemos con un corazón alegre y sencillo, por amor a él. Pienso que la humildad y sencillez de corazón son características indispensables en la vida de todo creyente; pero sobre todo, resultan imprescindibles como parte del carácter de todo aquel que sirve a Dios en cualquier ministerio.  Existen en la viña del Señor incontables formas de servirle.  Algunas de ellas, muy a la vista de todos; y otras más, que pareciera que solo Dios las ve.  Al respecto, he notado algo particular: el trabajar o servir en el ministerio de la alabanza a Dios tiene una característica que lo diferencia un poco de los demás ministerios y que suele ser la caída de algunos ministros y servidores: es que, quiérase o no, resulta un ministerio vistoso y atractivo, ”entre brillos y luces“. Pero, ¿en qué sentido lo digo? Bueno, pues, veamos:

Que no te deslumbren las luces:

La música para exaltar a Dios es un ministerio que se realiza para el Señor, pero que se desarrolla de manera pública. Es decir, no se ejecuta en secreto o de una manera discreta, como algunos otros ministerios. Al contrario, el trabajo realizado en la alabanza,como ministerio, está y estará forzosamente a la vista de los demás.

  Además, por la naturaleza del ministerio mismo en sí (que se ejecuta teniendo como móvil la música y el canto, que son formas o expresiones de arte), llega a ser un ministerio que la gente tiende a admirar. Incluso, llegan a admirar al propio ministro de la música. Y es precisamente dicha característica de ”brillo“ de este ministerio lo que se convierte en el ”talón de Aquiles“ de algunos cantantes y músicos cristianos.

          Quienes son usados por Dios en el ministerio de la música, suelen ser el blanco ”ideal“, por así decirlo, de quienes tienden a enaltecerlos o a ponerlos en un pedestal, debido a la vistosidad y atractivo mismo del ministerio en sí.

A la mayoría de los cristianos dentro de una iglesia, quizás no les resulten tan singulares sus maestros que le imparten una enriquecedora enseñanza bíblica cada domingo en la escuela dominical. Tampoco la gente se fija mucho en aquellos que un día les ministraron a través de una sencilla oración de fe; ni en aquellos valientes y esforzados guerreros espirituales que, con su intercesión y ayunos constantes, se convierten en pilares espirituales de su congregación.

De manera similar, nadie tiende a admirar a quienes trabajan para el Señor en el área administrativa de su iglesia; ni a los que fielmente sirven como ujieres y porteros, como consejeros o como evangelistas de casa en casa. Mucho menos, alguien se fija en aquellos preciosos servidores que a diario mantienen en orden el templo, y limpio el suelo que todos pisan; ni tampoco se le concede mayor relevancia a los encargados tras bastidores de toda la logística y aspectos técnicos de audio, iluminación o video durante cada culto o servicio.

Todos esos que mencioné en los dos párrafos anteriores son solo algunos ejemplos de las formas diferentes, importantes y necesarias del servicio a Dios dentro de una iglesia. Pero como anoté hace un momento, muchas veces pasan de inadvertidas y casi ”de incógnito“ ante el común de las personas de su congregación. Corroborando esto que digo, y solo como ejercicio curioso, pensemos en lo siguiente: si en las iglesias de congregaciones numerosas indagáramos a los nuevos creyentes (a los que tienen todavía muy poco tiempo de congregarse en ellas) y les preguntásemos si conocen y pueden indicarnos, aunque sea de vista, quiénes son los diferentes líderes y servidores de su iglesia (tales como los diáconos, ancianos, superintendentes, maestros, directores de departamentos, directores de redes o células, las secretarias, los administrativos y demás); probablemente no tengan mucha idea de cuáles son estos líderes.

A lo más, sabrán reconocer solamente quiénes son los pastores y predicadores de su congregación.  Pero lo más seguro es que aún las personas nuevas en la iglesia sabrán identificar con facilidad y podrán señalarnos e indicarnos cuáles son los cantantes y los músicos de su iglesia. Y esto es precisamente porque los ministros de la música están siempre al frente y porque la música es un medio llamativo; lo que hace a estos ministros un tanto ”populares“ y ”destacados“, aún sin siquiera ellos procurar que sea así.

Por ser los cantantes y músicos, en cierta forma, lo que podría decirse ”figuras públicas“ dentro de su congregación, esto hace que sus logros y cualidades, así como sus faltas y errores, sean también mucho más notorias que los de otros, debido a que siempre están en la mira de los demás; razón suficiente para llevar una vida límpida y transparente. Es que quien sirve a Dios en la alabanza y adoración como ministerio, ya sea cantando o tocando algún instrumento musical, de una u otra forma es un artista. Esto lo digo en el sentido específico de que expresa una forma de arte (tal como lo hace un pintor, un escultor, un poeta o un actor); solo que, en este caso, esta expresión artística es la música.  Pero no sucede así con la mayoría de los demás ministerios en la obra del Señor, los cuales no echan mano de algún tipo de arte escénica para su ejecución. Es una realidad innegable que quienes son capaces de crear o expresar algún tipo de arte escénica (llámese actuación y teatro, danza, música o canto), siempre atraerán hacia sí a personas que apreciarán esa expresión artística y que, en cierta forma, los admirarán.

Y esto no sucede solo con los artistas en el mundo secular (es decir, fuera del ámbito cristiano); sino que aún dentro de la iglesia del Señor los mismos creyentes suelen levantar íconos para admirar, de cantantes o músicos que son de su agrado o que les resultan de bendición. Incluso, algunos los toman como ejemplo a seguir y los tratan de imitar.  Por eso, es una gran responsabilidad ser una ”persona pública“ dentro de un ministerio (cualquiera que este fuera).

¡Cuidado con la vanagloria!

Entre más usado por Dios sea un músico o cantante, las personas más lo admirarán y hasta lo tomarán como ejemplo a seguir. Incluso, mayor riesgo correrá de ser exaltado e idealizado por la gente.

Y esto sucede a veces sin ninguna mala intención por parte de quienes lo admiran. Por eso, el ministro que sirve a Dios en este ministerio no puede cerrar los ojos ante esta realidad y debe estar apercibido para guardarse y no dejar en su corazón ni el más mínimo lugar a la vanagloria.  Y si somos honestos, me atrevería a pedir que tire la primera piedra aquel cantante o músico cristiano que, siendo de gran bendición a las personas con su ministerio, nunca, jamás, ni por un instante en su vida le ha picado el gusanillo de la vanidad, la autosuficiencia o el orgullo al ejercer su ministerio, y viendo lo bien que le salen las cosas. Que lance la primera piedra aquel ministro a quien nunca el diablo le ha susurrado al oído palabras que le inciten a la jactancia, aunque sea en lo íntimo de su corazón.

Y sé que los ministros de alabanza saben a lo que me refiero.  La clave está en cómo reaccionamos y cuál es la actitud que tomamos si pasa por nuestra cabeza algún pensamiento de esa índole. Si lo albergamos y empezamos a ”acariciarlo“, es el comienzo de la caída. Pero si inmediatamente desechamos cualquier tipo de actitud que sabemos que desagrada a Dios y ponemos los pies sobre la tierra, sabiendo que todo lo debemos siempre al Señor y que sola y exclusivamente a él pertenece toda gloria por lo bueno que podamos hacer, entonces vamos en el camino correcto.

          Si sentimos que brota en nuestro interior aunque sea una pequeña chispa de orgullo, vanidad, pretensión, prepotencia, jactancia, altivez, soberbia o autosuficiencia; entonces, hay que apagar inmediatamente esa chispa con el río de agua viva que fluye y que viene de Dios.

Aquí valdría la pena recordar aquel pensamiento, quizás ya algo trillado, pero que tiene mucho de cierto: ”No puedes evitar que los pájaros revoloteen sobre tu cabeza, pero sí puedes impedir que hagan nido en ella“.   Si somos tentados a la vanagloria, recordemos lo siguiente:

No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad.“ Salmo 115:1

”Ciertamente Dios no oirá la vanidad, ni la mirará el Omnipotente”. Job 35:13

”No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?“ 1 Corintios 5:6

”Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala.“ Santiago 4:16

”Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad…“ Filipenses 2:3

”Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.“ 1 Corintios 10:12

 Casos y cosas que pasan:

Cuando el Señor utiliza a sus hijos (tales como predicadores, evangelistas, pastores, etc.) como instrumentos para hacer milagros, sanidades y prodigios, éstos también corren el riesgo de ser exaltados e idealizados por la gente. Pero, dada la naturaleza sobrenatural de las obras que Dios haga a través de ellos, estos siervos saben muy dentro de sí que humanamente les sería imposible realizar tales maravillas. Eso les hace mantener los pies sobre la tierra (a la mayoría de ellos), pues se entiende, y ellos mismos comprenden, que hacer esos milagros no depende de sus capacidades humanas, sino tan solo de Dios.   

Sin embargo, cuando el Señor usa a sus ministros de la música para realizar maravillas y tocar y bendecir a su pueblo a través de la alabanza y adoración, es más fácil que (tanto la gente como ellos mismos) lleguen a pensar, erróneamente, que fueron sus habilidades o talentos los que humanamente lograron las cosas.   Por ejemplo, hay gente en las congregaciones que llega a pensar que sintieron algo bonito porque la música estuvo bien ejecutada o bien cantada; o que descendió la presencia del Señor porque quien dirigía los cantos era un ministro experimentado. O que, por el simple hecho de tratarse de un ministro famoso, el concierto fue de gran bendición. O tal vez puedan creer que la música llegó al corazón de los oyentes porque el que dirigió la alabanza tenía una dulce y hermosa voz. Nada más equivocado.

          En otras palabras, hay cristianos que cuando sienten que son bendecidos por Dios a través de algún ministro, atribuyen los honores a éste, en lugar de dárselos al Señor. Cuando Dios usa a sus ministros de la música para bendecir a su pueblo, démosle a Dios la gloria por eso.

Muy comúnmente sucede que los creyentes que son bendecidos por Dios a través del ministerio de un cantor o músico, se acercan a éste con toda sinceridad al final del culto para comunicarle con alegría la bendición que recibieron. Y eso en sí no tiene nada de malo. Pero el error está en que estos bien intencionados hermanitos, sin darse cuenta y por falta de sabiduría, terminan alabando con sus comentarios al ministro de alabanza, en lugar de alabar al Dios de la alabanza.  Que conste que no voy a exagerar, sino que cosas como las que mencionaré a continuación suceden con frecuencia en las iglesias. Incluso, varias de ellas las he escuchado de primera mano, tanto hacia mí como hacia otros compañeros de ministerio. Por ejemplo, al final del culto se acercan al cantante y le dicen cosas así como estas:

  • Oiga, ¡qué bonito cantó usted!“
  • ¡Qué voz más linda la suya!“ – (en tono de suma admiración).
  • Usted es el que más me gusta oír cantar en esta iglesia“.
  • ”¡Solo cuando usted dirige la alabanza es que yo recibo tanta bendición!“
  • ”Ay… – (con tono de disgusto) – ¡Yo no sé por qué ponen a otros a cantar aquí, si usted es el único que siempre debería dirigir la alabanza en esta iglesia!”
  • ”¿Sabe qué? Yo me quedé en esta iglesia porque me encanta cómo usted canta“.
  • ”¡Con razón que cayó la presencia de Dios! – (y luego, exhalan un suspiro) – …Si es que usted canta como un ángel…“

  Y para con los músicos no se quedan atrás los halagos. Les dicen por ejemplo alguna de estas cosas:

  • “Oiga, me impresionó… – (y mientras, le dan unas palmaditas en la espalda)… Yo no sabía que usted era todo un profesional“.
  • ¡Usted sí que sabe tocar bien el… – (póngase aquí el nombre del instrumento) -!“
  • “Lo felicito. Usted toca hermoso“.
  • En tono de gran solemnidad: “Realmente usted es un músico virtuoso“.
  • “Ahhh… – (con un suspiro de por medio) – …si yo supiera tocar tan lindo como usted…“
  • Con tono imperativo: Los otros músicos del grupo deberían aprender a tocar como usted“.
  • Con aire de admiración: ¡Usted es el mejor músico en esta iglesia!“.

 En otras ocasiones los propulsores de levantar ”íconos“ para admirar e idealizar, y esto, sin ninguna mala intención, son los propios medios de comunicación cristianos.  Podemos ver lo que sucede cuando se aproxima a nuestro país la visita de algún cantante muy usado por Dios internacionalmente, así como cuando un talento nacional cristiano lanza una nueva producción musical (y supongo que lo mismo sucede en otras latitudes): las emisoras de radio y de televisión cristianas se saturan de anuncios, música, videos, documentales, entrevistas y todo tipo de propaganda alusiva a dicho cantante o grupo musical.

El inconveniente no está precisamente en eso, sino en la manera en que se publicita a dichos ministerios. El principal objetivo al publicitarlos debería ser aprovechar para extender de esa forma el mensaje del Evangelio, a través de la música y testimonio de tal músico o cantante.  Sé que además de eso, es bueno, importante y necesario hacer publicidad de los conciertos, presentaciones y de las producciones musicales de los ministros del Señor (con lo cual estoy totalmente de acuerdo).  Hay que promover el talento cristiano, sea éste nacional o extranjero. Pero hay que tener cuidado en la manera en cómo esto se hace.

Hay que publicitar a los ministros de la música, pero siempre, concediéndole la honra y la preeminencia solo a Dios.  Muchas veces se pondera y se le dan demasiados honores, títulos y elogiosa a ese hermano, hermana o grupo musical (tal como sucede también con algunos predicadores); a tal punto en que, sin querer, lo que se termina haciendo es exaltar a los ministros de Dios, quienes al fin y al cabo, no son más que simple vasos usados por el Señor; y que sin Dios, nada de lo que hacen tendría valor.EXALTEMOS AL ALFARERO, NO A LA VASIJA:”Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.“

2 Corintios 4:7.

Continuará…

FUENTE: www.directordealabanza.com

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