No es cuánto caes, sino a dónde te manda el rebote.

No es cuánto caes, sino a dónde te manda el rebote.

(1 Juan 2:1). Es automático, el niño se cae y de inmediato sale llorando y buscando los brazos de su padre. Él no se pone a pensar cómo lo va a juzgar su progenitor, ni si lo va a rematar como castigo por su imprudencia.

Él lo que requiere es su consuelo, su beso sanador. El niño sabe interiormente que aunque su accidente pudo ser por desobediencia, ese acto, que fue malo, ni fractura la relación padre e hijo ni lesiona el amor que los une a los dos.

¿De dónde viene entonces la idea de que cuando un cristiano tropieza se esconde de Dios, no se atreve a orar, ni a leer la Biblia y menos a congregarse en una iglesia?

¿Acaso cuando alguien se enferma le huye a los doctores y siente vergüenza de asomarse por un hospital?

Claro que no. Entonces, ¿por qué escondernos de Dios cuando más lo necesitamos?

El problema no es nuevo, es tan antiguo como el hombre, pues el mismo Adán se le escondió a Dios después de que pecó.

Lo que sucede es que el pecado trae como consecuencia vergüenza, temor por el castigo, frustración, culpa.

El pecado produce un corto circuito en la comunión con Dios. Pero entiéndase algo, aunque la comunión se rompa, la relación no.

¿Y qué quiere decir esto? Que aunque el pecado en que incurre un cristiano traiga ligados muchos sentimientos negativos y produzca lamentables consecuencias que se pudieron evitar, no por ello, jamás, provocará el que Dios deje de ser su Papá, o él deje de ser su hijo, y desaparezca el amor que los une a ambos.

Un padre se puede enojar con un hijo que está llorando por haberse tropezado en un acto flagrante de desobediencia, pero no por ello deja de ser su hijo ni deja de amarlo.

Lo ama, sigue siendo su hijo, y es por ello que lo consuela, lo cura y lo reconforta. Aunque después vengan las medidas disciplinarias.

Pero la disciplina no es porque lo odia y quiere destruirlo, sino porque lo ama y desea cuidarle y evitarle futuros males y dolores.

El apóstol Juan escribió en la Biblia:

“Hijitos amados, estos consejos que les doy es para que no pequen, no lo hagan por favor. Pero si llegan a meter la pata y se dan su buen golpe, jamás se olviden de que Papá Dios es papá, no un juez histérico y tirano. Y como buen Padre hasta les ha provisto un abogado defensor llamado Cristo”.

Si has tropezado, ¡Levántate! ¡Acércate a Dios! ¡Basta de lamentarte y atormentarte con vanos y malos recuerdos! ¡Deja el lloriqueo y el despertar lástima!

No pienses más en cuánto caíste, sino a dónde irás a rebotar. A dónde te mandará esta experiencia.

Qué buenas y valiosas lecciones aprendiste y cómo las vas a aprovechar para labrarte un mejor futuro.

FUENTE: www.devocionalesenpijama.com

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